Ñam Ñam Barcelona, Dónde nacimos

Un dos tres, probando, probando

La curiosidad por la comida nació de la necesidad. Digamos que la necesidad, para mí, fue un primer escalón hacia la apertura gustativa. Ya hemos hablado de la pérdida de tiempo que me parecía sentarme a la mesa. Se trataba de una necesidad que podía (y debía) tramitarse rápido y perdiendo la menor cantidad posible de tiempo, para poder volver cuanto antes a otras actividades que merecían mucho más la pena: jugar quemados, dibujar, bailar Baltimora por toda la sala.

Hay invitaciones que no se deben nunca de rechazar. Pasar la Navidad en casa de una familia vasca es una de las mejores experiencias que uno puede vivir: gastronómica y humana. Este, el cierre de mi segunda Navidad en Irun. Alfredo Oronoz es uno de los mejores cocineros que conozco. Eskerrik asko!

Hay invitaciones que no se deben nunca de rechazar. Pasar la Navidad en casa de una familia vasca es una de las mejores experiencias que uno puede vivir: gastronómica y humana. Este, el cierre de mi segunda Navidad en Irun. Alfredo Oronoz es uno de los mejores cocineros que conozco. Eskerrik asko!

Esa misma necesidad de recargar energías que me sujetaba a la mesa cuando niña (en muchos casos representada sobre todo en la mirada inquisidora de mi padre), me hizo buscar asilo en casas de amigos de amigos en mi primer viaje a Europa. Cuando se llevan varios días comiendo hamburguesas de un euro y bocadillos de aire, cualquier persona con tres dedos de frente agradece un buen plato caliente. Y por más que fuera solo un trámite, no dije nunca que no a invitaciones a casas o restaurantes. Pero claro, la caridad tiene un precio. Y ese precio se paga. En el lenguaje de los hambrientos y los proveedores de víveres, ese precio se traduce básicamente en comerse todo lo que te pongan en el plato. Yo te alimento, peeeeeerooooo, tienes que dejar la vajilla impoluta.

El hambre es canija y puede hacer que hasta el más remilgoso pruebe algo que siempre ha rechazado. El que invita, seguramente movido por la necesidad de que el turista (el hambriento) se lleve una buena impresión de su casa, ciudad o país, hará maravillas. Maravillas que la mayoría de las veces, en cualquier otra circunstancia, el hambriento habría rechazado sin chistar. No esta vez. Pato, ostras, bacalao, callos, erizos de mar, jabalí, corazón de ternera, rabo de toro, canguro, cocodrilo e incluso grillos (saltamontes), lo que haga falta para saciar el hambre.

Y mientras más pruebas, más crece la curiosidad. Y más te pide el paladar. Navajas, berberechos, codillo, anguila. ¡Ñam ñam! ¿Algún truco? Dejarse llevar, cerrar los ojos, quitarse las ideas preconcebidas de la cabeza y lanzarse al ruedo como gorda en tobogán. ¡Saborear!

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