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#MexicanosenEspaña

A más de un mexicano se le han caído las ilusiones al suelo cuando en un bar de tapas ha pedido tacos de atún o solomillo y le han traído trozos grandes cortados en cubos de atún o solomillo. Quizás por cuestiones semánticas, en España, a los tacos se les llaman fajitas y, a las tortillas, tortitas. La RAE y el Tex-Mex le han hecho mucho daño a nuestra gastronomía.

Hasta hace muy poco tiempo, no se concebía un restaurante mexicano sin nachos y sin margaritas. Cuando algún mexicano quería abrir un restaurante, terminaba haciendo las concesiones necesarias para poder satisfacer las necesidades de los que llevaban más de 20 años viéndolo de esa forma. Sin embargo, los mitos están cayendo y un cúmulo de razones están haciendo que platos tan tradicionales como el tuétano o el mole se hagan un rinconcito no solo en muchas cartas de restaurantes no especializados (el guacamole ya es un “must” en los bares y fiestas españoles) sino en el corazón de los comensales.

 

La Cochinita Pibil, una constante en las cartas de Madrid y Barcelona, aunque los bares no sean mexicanos. Lo cual da lugar a que a veces lo sirvan con jalapeños en lugar de habaneros.

La cochinita pibil es uno de los platos que más se ha extendido a lo largo y ancho de las cartas españolas, aún cuando no se trate de restaurantes mexicanos. La inexperiencia y desinformación puede provocar errores como el que aquí se ve, del restaurante Tapas 24, servirla con jalapeños, en lugar de chiles habaneros.

Hace alrededor de unos 20 años, se vivió un boom por la cocina mexicana parecido al que se vive ahora. La diferencia es que en aquel entonces los chefs no eran todavía portavoces de la cultura ni aparecían en anuncios de televisión. Sin embargo, se puso de moda México y su cocina, gracias a los emigrantes que llegaron a raíz de las crisis de los años 80 y 90, aprovechando el boom que había en España en esos años. Muchos mexicanos abrieron restaurantes en España (la cadena Carlos’N Charlie’s fue una importante cantera de jóvenes que luego fueron abriendo sus propios sitios, como La Coronela, en Barcelona, o La Panza es Primero, La Barriga Llena, La Mordida y La Tarasca, en Madrid), algunos de ellos aún siguen abiertos, muchos, muchísimos han sucumbido en el camino (Carlos’N Charlie’s entre ellos).

Algunos murieron por la fama, otros por malos manejos, otros lograron tal éxito que sus creadores recogieron su petate, su marmaja y se volvieron a México. Pocos siguen en pie. Algunos de esos restaurantes fueron comprados por extranjeros, que estaban enamorados de la cocina mexicana, o de lo que ellos creían que es cocina mexicana, y desvirtuaron lo poco que quedaba de las cartas originales de aquellos sitios. La cocina mexicana cayó en debacle y fue perdiendo adeptos. Más que la cocina mexicana, las interpretaciones que de ella se hacían (y se hacen) en algunos restaurantes en donde la calidad, el servicio y la comida quedaron en segundo plano, primando el negocio.

Torta y jugo de Don Polo, un clásico de la CDMX

Las Tortas Don Polo, otro clásico que empezó en un changarrito por el que nadie daba dos pesos. ¡Ah, pero cómo nos encantan sus canijas tortugas!

Si somos sinceros, justamente en México, la cocina surge al revés: cuando hay buen servicio, buena comida y de calidad, el éxito es garantía. No por nada, los mejores tacos siempre surgen de puestos de la calle que se “gradúan” gracias a su éxito y pueden acceder a un local mejor establecido: La Casa de Toño, La Fonda Margarita, Los Sopes de la 9, El Tizoncito, La Capilla (en Querétaro), La Guerrerense (en Ensenada) y un sinnúmero de etcéteras. Cualquier cosa que se aleje del buen servicio y el buen hacer, terminará por cerrar. La gente es muy exigente en México, no con sus gobernantes, pero sí con sus cocineros. Digamos que no nos venden gato por liebre, o como dirían aquí en España, jamás nos la dan con queso (sin albur).

La cosa es que cuando nos encontrábamos en un lúgubre momento culinario mexicano español coinciden cuatro hechos que han hecho que se le dé la vuelta a la tortilla (en este caso, de maíz):

La primera es la violencia que ha azotado a nuestro país, que ha ocasionado que miles de personas emigren de sus lugares de origen y se vayan a vivir al DF. En donde, antes, la cocina oaxaqueña, la poblana y la veracruzana, así como los tacos y las garnachas, eran los dioses indiscutibles, aparecieron los mariscos de Sinaloa, las tortas ahogadas, los tacos estilo Ensenada, las hamburguesas norteñas, los pescados zarandeados, los burritos, el brisket. Nos dimos cuenta que algo pasa más allá de Querétaro y que es delicioso. No podemos atribuirle por completo los movimientos internos de la República al narcotráfico, ni la necesidad de la gente de innovar e introducir exquisiteces al inexperto paladar chilango, pero han coincidido ambas situaciones. Lo que antes solo se podía probar en una camioneta en Ensenada o en Todos Santos, se consigue actualmente en el DF.

La segunda es que en 2010, la cocina de Michoacán (sí, solo la de Michoacán), gana el reconocimiento de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. A partir de ahí, gobierno, mexicanos, empresarios, cocineros, todos se cuelgan la medalla y deciden promocionar la verdadera cocina mexicana. Y claro, el mundo gira la cabeza. Aunque, primero la giran los mexicanos, que éramos los primeros despistados pidiendo nachos en los changarros mexas de este lado del charco. Lo curioso es que si nos preguntan qué se come en Michoacán, a menos que sean de ese bello estado, pocos mexicanos pueden enumerar más de dos platos. En la defensa de todos, la base de la cocina michoacana son los productos de la milpa y se replican a todo el país: maíz, frijol, chile, calabaza. Y lo más alucinante es que es la misma desde hace varios siglos. ¡Ahí es donde todos los cocineros extranjeros se quedan de a cuatro!

 

Tuétano del Palacio de los Palacios en Polanco

Así como en México el tuétano ha dejado de ser un plato de segunda para incursionar en las cartas de los restaurantes “pipirisnáis”, como éste, del Palacio de los Palacios, así también en España se puede encontrar en restaurantes con estrella Michelin, gracias a renombrados chefs. ¡Todo el mundo está loco por el tuétano!

Por ello pasamos al tercer acontecimiento. La curiosidad de los chefs españoles, con fama mundial, les hace poner sus ojos (¿bocas?) en la cocina mexicana. Desde 1998 Ferran Adrià, uno de sus máximos admiradores y uno de los cocineros más conocidos a nivel mundial, incluye un guacamole “deconstruido” que se sirvió en El Bulli en su libro “70 platos nuevos y ligeros para el verano”. El chef catalán ha visitado nuestro país incontables veces, por curiosidad y por trabajo, muchos de ellos de la mano de su hermano, Albert Adrià. La influencia de José Andrés, chef español de gran fama en Estados Unidos, también es importante, pues él, al estar tan cerca de los mexicanos de sus cocinas, conoce a los tacos de primera mano, sin nachos ni historias. Abre, por ello, varios restaurantes mexicanos en el gabacho, hace varios años, y, además, les cuenta a sus paisanos que acá abajo del Río Bravo está pasando algo y que ellos están dormidos en sus laureles. El resto es un no parar, otros chefs, como los Roca, realizan giras latinoamericanas, visitan congresos como el Riviera Maya Food & Wine Festival, y regresan de México para incorporar platos a sus cartas que ahora se encuentran en las de muchos restaurantes: tuétano, mole, ceviches mexicanos, tacos de pescado y más.

A la par, cocineros mexicanos con experiencia internacional (en cocinas de primer nivel) decidieron dejar los nachos para los gringos y abrir restaurantes que tienen su origen en las cocinas de los pueblos mexicanos y en las técnicas más tradicionales, puestos al día y pensados para el paladar español. Roberto Ruiz, de Punto Mx, fue el primero en saltar a la fama; le siguió Paco Méndez, apadrinado por los Adrià, en Hoja Santa. Ruiz lo hizo, de cierta forma, por el camino “mexicano”, ofreció calidad, novedad y servicio y el éxito le cayó como premio al esfuerzo y a la constancia (¡su suegra le llevaba los molcajetes en la maleta!). Para Méndez, su constancia también fue clave, pues gracias a un par de pasantías que realizó en El Bulli, y su insistencia en preparar cocina mexicana para sus compañeros, siempre que le tocaba cocinar, se ganó el cariño de sus jefes (ya de por sí enamorados de la cocina mexicana).

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La virgen de Guadalupe, no podía faltar, en el restaurante de comida mexicana contemporánea, Oaxaca, en el centro de Barcelona.

El éxito de ambos es indiscutible, no solo por el reconocimiento de la preciada guía Michelin, sino también por el público, que tiene hambre de probar más y más de lo que se come en México. También les han seguido empresarios y cocineros españoles, admiradores de nuestro país, así han surgido Mextizo de Adrián Marín, o Oaxaca, de Joan Bagur, en Barcelona. Lo interesante es que el tema no se queda solamente en los platos, se ha expandido al furor por el mezcal, por la pastelería mexicana, por las tortillas y otros ingredientes (como la chía o el amaranto), por la milpa (asociación precolombina, que le llaman), los helados y un largo etcétera.

No se puede decir qué fue primero si el huevo o la gallina. En realidad, ha sido todo un cúmulo de casualidades y de trabajo conjunto lo que ha hecho que la cocina mexicana sea una de las más apreciadas no solamente por los chefs españoles más reconocidos a nivel mundial, sino también por el público de a pie en España. Tal es el boom que hay algunos que se están subiendo al carro de la fama y están abriendo restaurantes a diestra y siniestra que siguen arrastrando los problemas de antaño: mala calidad de producto, desconocimiento de la cocina, “money, money, money”, aprovecharse de los jóvenes mexicanos que emigran para pagarles mal y por abajo del agua. Sin embargo, la competencia es buena y la porquería cae por su propio peso. Sushis, pizzas y paellas malas hay en todo el mundo.

La evolución natural a continuación es la que se ha producido (y se sigue produciendo) en los restaurantes italianos y japoneses a nivel mundial: de encontrar en un restaurante un guiño de un poquito de todo lo que ofrece el país, se pasa a restaurantes especializados en un plato, un guiso o una región, así como a interesantes apuestas por el mestizaje culinario. Es decir, pasaremos de encontrar en un restaurante mole, tacos Ensenada y burritos norteños, a encontrar taquerías y garnacherías chilangas, restaurantes estilo Sinaloa, pozolerías, “food trucks” de tostadas estilo la Baja, o taquerías y cevicherías mediterráneas, como ahora podemos encontrar restaurantes de ramen, de baos, buns, sushi, tepanyakis o temakis con foie. Sí, son buenas noticias para todos los mexicanos que vivimos por estos rumbos; excelentes para los españoles que quieren descubrir qué se cuece por allá. ¡A darle que es mole de olla muchachos! ¡Pa luego es tarde!

Para resaltar el interesante trabajo que nuestros paisanos están haciendo por estos lares, estamos cocinando una serie que lleva el nombre de este artículo. Hablaremos de los estrellados pero también de los que apenas están logrando despegar. Próximamente.

Texto publicado en Munchies en Español, como parte de la serie #MexicanosenEspaña:

https://munchies.vice.com/es/articles/mexicanos-en-espana-de-la-fajita-al-mixiote-pasando-por-el-pambazo

Fe de erratas: Pedimos una disculpa a las personas afectadas porque anteriormente este artículo decía que la cochinita pibil con jalapeños era del Tlaxcal, cuando en realidad es del Tapas 24.

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Descomer, Restaurantes en Barcelona

“Caca, culo, pedo, pis”

En este mundo matraca,
nadie de cagar se escapa
caga el Rey y caga el Papa
y hasta la niña más guapa
hace bolitas de caca…

Todo lo que sube tiene que bajar y todo lo que entra tiene que salir (en teoría). Nos hemos dado a la tarea de hablar sobre comida, pues este artículo también tiene que ver con comida (o lo que de ella quedó).

En Alemania los váters (WC, excusados) tienen una especie de rampita que no permite que los excrementos se escapen libremente de la vista (imposible hacer una caca fantasma en Alemania, por ejemplo). Una amiga dice que es para poder tener controlada tu salud. Al quedar fuera del agua la puedes oler y analizar. Sí, ¡qué asco! ¿Qué dirán ellos de nuestros baños sin laboratorio?

haciendo caca

Hay culturas más escatológicas que otras. La mexicana es más bien recatadita. La catalana no tiene reparo en hablar de cacas, “hacer perfects” y diarreas. Tan es así que en sus nacimientos (belenes) nunca falta el cagón (caganer) y en lugar de Santa Clós tienen a un tronco de madera (caca sana, según este artículo) que caga regalos. No es que las piñatas sean menos extrañas, pero de verdad que lo del Cagatío se me va de las manos.

Y hablando de cosas incomprensibles, no sé si a ustedes les pase, pero a mí, cada vez que voy a un restaurante de esos muy “pipirsnais”, de esferificaciones y de espumas y de movidas muy “vanguardistas”, mi estómago no se pone a la altura. Quizás es muy de barrio, muy de tacos de la esquina, muy de esquites de carrito y menos de manteles largos y vinos caros. Tengo la teoría de que cuando la gente va a muchos de esos restaurantes, que abundan en Barcelona, más que pagar por una cena inolvidable, pagan por tres días de visitas continuas al baño y molestias estomacales. ¡Y todo por 200 euros! ¡Qué ganga!

galleti

He pensado que quizás la caquita del Whatsapp es una caquita oriunda de un tres estrellas Michelin. ¿Si no, por qué sonríe tan altaneramente? Por que, claro, hay de cacas a cacas. Como diría mi padre, hasta entre los perros hay razas. Y bueno, si son de perro, pues más variedad aún. Alguna vez leí en alguna parte a alguien que decía que si vinieran los extraterrestres y nos encontraran recogiendo la cagada detrás de los canes, pensarían que son ellos los que gobiernan el mundo. Y en ciertas casas, no estarían tan equivocados.

¿Obró bien?, pregunta mi madre a sus pacientes.

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Arturo San Agustín, ¿Dónde comer?, Bar Calders, Bread & Circuses, Cometa, El vestido, La Federal, La Xalada, Mini Cuento, Paulaner, Restaurantes en Barcelona, Sant Antoni, Surtidor de Parlament, taranna, Vinitos

El vestido de los mil colores

Es tanto lo que influye en que un restaurante nos guste que cuando alguno de ellos desaparece, es como si se muriera una pequeña parte de nosotros. Gracias Bread & Circuses por tanto. Extrañaremos tus bocatas de roast beef y tu vermut casero.

Es tanto lo que influye en que un restaurante nos guste que cuando alguno de ellos desaparece, es como si se muriera una pequeña parte de nosotros. Gracias Bread & Circuses por tanto. Extrañaremos tus bocatas de roast beef y tu vermut casero. *Nos avisan que las chicas simplemente cambiarán de local. Yeah!

Sí, como no quisimos quedarnos detrás, hemos decidido escribir un post acerca del vestido dorado y blanco (porque es dorado y blanco, ¿no?). En fin, como la visión, como el vestido de cada uno (negro con plateado, azuloso con naranja o cualquiera de las combinaciones que les agraden), es el espectro que busca cada quien en un restaurante. Sí, parece muy tirada de los pelos la explicación, pero es así.

Ya hemos hablado de este tema en otras entradas, pero nos gustaría ilustrarlo con un par de anécdotas, la primera es un pequeño cuento (ejercicios por los que nos estamos aventurando últimamente) y la segunda es una mini reseña de uno de los locales estrella del barrio de Sant Antoni, en Barcelona, el Bar Calders.

“Siempre se había preguntado el poco sentido que tenía una cerveza sin alcohol. Del café, ni hablar. Una cerveza refresca, pero también relaja. Como diría Arturo San Agustín, aunque él lo dice al hablar del vino, te hace ver el mundo a colores. Sin él, sin ella, todo es en blanco y negro.

Una cerveza sin alcohol es como aquel que adelanta su reloj para llegar antes al trabajo o quien masca un chicle para no fumar o quien se hace una paja para no coger (o más bien, por no poder coger…). Es naive pensar que la conversación, la refrescada y la comida ayudarán a olvidar que se ha pedido una cerveza sin alcohol. Sin duda no. La simple cara de reprobación del camarero, el acompañante o la gente de otras mesas lo haría imposible.

Ni el más laxo de memoria RAM lo olvidaría. Cada maldito sorbo será un recordatorio de la infamia, del agravio. Como lo será también cada minuto extra que “le gané al reloj”. Nunca fui de las que llegó a tiempo. Ni siquiera cuando adelanté mi reloj”.

Al ojo del amo engorda el caballo

Los fideos que ponen en el Calders con la bebida son lo más, sobre todo cuando te tropiezas con un cacahuate. Bar Calders es de los pocos sitios en Barcelona en donde te ponen, sin cobrarte, un pequeño detalle para comer con la bebida. Eso dice mucho de quiénes son y de cómo es que han llegado a serlo.

A mí una de las cosas que siempre me sorprende de este lugar es que siempre (en los servicios) está alguno de los dos dueños. El señor (un don muy buena onda) o su hijo (el de gafas). Eso, me disculpa todo el mundo, dice mucho y hace mucho por el sitio. Es innegable, nadie, nadie, nadie, cuidará mejor de tu negocio que tú. Nadie le tendrá tanto amor ni tanto respeto. Porque a nadie le ha costado tanto como a ti. Y eso, se nota.

El dueño de un local jamás le cerraría las puertas a nadie al diez para la hora del cierre. Jamás. A menos que sea de esos dueños yuppies que siempre lo han dado todo por sentado (porque se los han dado). El resto (la gran mayoría) tienen muy claro que los clientes son lo más importante de un restaurante. No hay de otra. Sin ellos, no eres nadie. Pregúntenle a todos esos que han ido cerrando poco a poco (jubilaciones adelantadas).

A pesar de las nuevas aperturas, Calders sigue ostentando la corona de rey absoluto de la calle Parlament. Le siguen Els Sortidors del Parlament, Vinito (hostia su página web jajaja), Cometa, Taranna (qué nombre más complicado) y la Xalada. Calders llegó, le quitó el sitio a la Federal y ya nunca se lo devolvió. Olé tú. Y no es que Calders tenga mejor producto que ninguno de los anteriores o mejor cocina. De hecho, hay algunos de sus platos que dejan mucho que desear (sus patatas chips “anachizadas” son una mierda pinchada en un palo). Tienen otros, claro está, que son bastante buenos (como sus ensaladillas rusas) y la mayoría del resto son buenos a secas.

Detalles mexicanos en el Cometa

Detalles mexicanos en el Cometa

Los desayunos del Cometa aún se salvan. Su decoración, en definitiva, es de nuestras favoritas en Barcelona. Miren qué colores.

Los desayunos del Cometa aún se salvan. Su decoración, en definitiva, es de nuestras favoritas en Barcelona. Miren qué colores.

Sin embargo, sin lugar a dudas, su dedicación por el cliente, aún en los momentos de mayor estrés, es de admirar. Y, si se compara con el resto de los locales de la calle, en eso nadie les gana. Prefiero sentarme con la espalda de otro justo al lado para beberme una Paulaner con fideos y cacahuetes aquí que soportar a las camareras hipsters del Cometa. “La máquina de jugos está desconectada. Pero si son las 8 de la tarde. Pues sí pero hay que lavarla y ya lo hemos hecho”…

Pues eso, que como el vestido, para gustos, colores.

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¿Dónde comer?, Bacaro, Caravelle, Koku, Restaurantes en Barcelona, Tonka

Cuatro tesoros culinarios por descubrir en Barcelona

Una de las cosas que tiene esta ciudad es que culinariamente no deja de sorprendernos. Cada semana descubrimos nuevos sitios que nos hacen salivar y nos animan a volver. Aquí cuatro de ellos. No corran demasiado la voz, no vaya a ser que nos pase como con el Red Ant y se peten. ¿La moraleja? Lo de hoy es ir a viajar por el mundo y venir después a Barcelona a montar un garito.

Tonka– Cocina casera, orgánica y un ambiente zen en la calle paralela al Parlament, que Sant Antoni es más que esa multinombrada calle. Es el sitio perfecto para ir a media tarde y tomar un té acompañado de uno de sus deliciosos pasteles. Es también excelente para una primera (o quinta) cita: comida ligera y a buen precio. Un lugar ideal para comer ligero sin tener que ensuciar un plato. Es decir, que no siempre comer fuera es sinónimo de fritos y grasas supermegasaturadas. ¿Algo más? Sí, los domingos tienen brunch y entre semana menú de medio día. Y bueno, lo de zen es porque hay que relajarse, que para comer en un ambiente relajado, el servicio tiende a ser un poco lento, pero ¿cuál es la prisa? Disfruta de la música y de su terraza.

El local de la calle Pintor Fortuny tiene una decoración escandinava, austera pero alegre.

El local de la calle Pintor Fortuny tiene una decoración escandinava, austera pero alegre.

Caravelle.- Como el Tonka, su comida es fusión. Una fusión que solo podría darse en una ciudad como Barcelona. Digamos que las cabezas de un australiano, un escocés y un mexicano piensan mejor que una. En este sitio los horarios son muy restringidos pero no porque no les guste trabajar, sino porque concentran muchas de las horas de sus cocineros en innovar. Así como lo leen: innovar, inventar nuevos platos y combinaciones, que no todo lo que se crea en materia culinaria está patrocinado por Movistar. Y bueno, cuando hay innovación hay algunos platos que son mejores que otros (y alguno que otro fiasco), pero en su mayoría son explosiones de sabor que el paladar agradece y, una vez ya acostumbrado, exige. También tienen brunch y también hay que ser pacientes, que la creatividad es lo que tiene. Su carta cambia constantemente y suelen tener cerveza de elaboración propia, para estar enterados, lo mejor es seguir su página de Facebook.

El Bacaro es pequeño pero su pizarra y su selección de vinos es grande, muy grande (no en tamaño).

El Bacaro es pequeño pero su pizarra y su selección de vinos es grande, muy grande (no en tamaño).

Bacaro.- Ya hace algunos años que Mauricio, antiguo jefe de sala y exsocio del Xemei dejó a los gemelos y abrió este pequeño local en la parte de atrás del Mercat de la Boqueria. Nadie diría que la pequeña calle Jerusalén esconde una joya culinaria de esta envergadura en su número 6. El Bacaro es una taberna veneciana sencilla e incluso hasta un poco cutre, pero eso es parte de su encanto. Paredes descarapeladas, un par de cuadros y sillas que parecen levantadas de la calle. Lo mejor, el maitre te hace sentir como en casa. Vale la pena no mirar la carta y escuchar sus sugerencias. Pasta fresca, producto de primera, recetas de la mamma y la nonna, a precios justos. Vinos de proximidad y conversación amena. Abstenerse aquellos a los que la interacción con los camareros no les gusta, pues Mauri es de la misma escuela que Santi Hoyos del Bar Ángel, no le para la boca. A quienes les gusta hablar de comida y probar cosas nuevas, avanti!

Apenas tiene seis meses de que abrió y el Koku Kitchen ya es toda una eminencia en el barrio. Lo mejor, para no quedarse sin sitio, es reservar.

Apenas tiene seis meses de que abrió y el Koku Kitchen ya es toda una eminencia en el barrio. Lo mejor, para no quedarse sin sitio, es reservar.

Koku Kitchen.- Tres Irlandeses que han viajado por todo el mundo y pasaron una temporada en Japón son los protagonistas de un nuevo Ramen en la ciudad. No más filas. La sazón es estupenda y la atención también. La hermosa callecita Carabassa, en el Gótico, por fin tiene un sitio que esté a la altura de su belleza. Ese letrero neón que anuncia el Santo Grial es la cereza del pastel. Nuestra sugerencia, probarlo todo. No hay nada que esté malo. Nuestro favoritos, el ramen picante y el cheesecake de té verde. Ñam ñam ñam!

*Pedimos una disculpa por la mezcla de nacionalidades anteriormente errónea en este artículo. Australiano es quien nos recomendó el Koku Kitchen, de tres irlandeses, una mala jugada del cerebro. Escandinava era el diseño de la cocina de un escocés. Mil perdones.

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Comer con niños, Etiqueta en la mesa, Restaurantes en Barcelona, Ser camarero

No (como) sin mis hijos

Es domingo, los camareros lo saben. Hay carritos por doquier y niños corriendo de un lado para otro. Cada domingo es igual. A veces se preguntan qué mal habrán hecho en otra vida para merecer este suplicio. Porque algo tienen que haber hecho, uno no recibe este castigo nada más por que sí.

¿O sí? Tendría que ser la naturaleza muy injusta. Quizás es la forma en que el Universo me dice que es mejor esperar, que hay que usar condón y que formar una “linda” familia, como las de las películas, pues, todavía no está en mi lista de prioridades. La próxima vez que Joan me la vuelva a hacer le voy a hablar de los domingos en el restaurante. No, no será suficiente, lo haré venir. Sí, lo haré venir. Nadie que viva esto querrá tener hijos pronto, o nunca.

"¡Es domingo!, yeah, vamos a martirizar camareros!". El mejor método anticonceptivo que hay.

“¡Es domingo!, yeah, vamos a martirizar camareros!”. El mejor método anticonceptivo que hay.

Los padres, cansados, claro, después de un sábado en casa con los niños encima, quieren tomarse una cerveza, conversar y relajarse de cara al lunes. Si los niños han de correr, que corran. Son niños. Mejor que corran aquí a que luego quieran correr en casa. Además, el otro día, en la revista aquella de la peluquería, leí que es malo prohibir y decir todo el rato que no a los niños, pues altera su cerebro y los vuelve negativos. No, suficiente tienen ya con la influencia de su padre que todo el día les dice que no a ésto o a aquello. Mis hijos no serán de esos limitados que no pueden ser libres. Los míos NO. Que corran, mejor aquí que en casa.

Mesa para cinco, con tres carritos y dos tronas. Los restaurantes deberían tener un parking para tronas especialmente diseñado para los domingos. En sábados o lunes podría usarse para colocar una mesa, pero para los domingos la mesa tendría que levantarse y serviría solo para los carritos. No, yo el carrito lo quiero tener junto a la mesa. Señora, disculpe, es que no cabe. Es que el niño viene dormido y no lo quiero despertar y menos dejar aquí solito, tan lejos.

Potaje hirviendo a la mesa 17. Niño, ¡quítate! Si fuera mío estaría sentado en la mesa con los bracitos cruzados. Es increíble cómo los padres pueden pasar olímpicamente de sus hijos. Es el único día que están con ellos y los ignoran totalmente. Y claro, ellos hacen todo lo posible por llamar su atención (y la de todo el restaurante). Hay dos tipos de hijos muy molestos a la hora de servir. Los de los domingos, que corren por doquier, mueven sillas, tiran servilletas y comida, van al baño, revuelven las tarjetas de visita, juegan en el pase.

Los otros son los que gobiernan la mesa, esos no vienen solo los domingos. Llegas a tomar una comanda y pareciera que no hay ningún adulto capaz de tomar las decisiones importantes. El niño (o niña) en cuestión, manda. ¿Qué vas a querer? ¿Tendrás pollo con patatas? No señora, no tenemos pollo con patatas. Tenemos una carta llena de platos deliciosos que podría usted obligar (¿es la madre, no?) a probar a su hijo. ¿Tenéis macarrones? No señora, no tenemos macarrones. ¿Quieren café? El niño grita: nooooooooooo. No, gracias, la cuenta, dice la madre avergonzada.

¿Quién tiene la culpa? Yo siempre digo que son los padres los de la culpa. Mi padre nos mantenía a raya, no había quién se moviera. Mi abuelo nos llevaba de pequeños a desayunar una vez al mes. Si nos portábamos bien y nos comíamos todo lo que habíamos pedido, al salir nos compraba algo, nos daba la libertad de elegir. Eso es libertad. ¿La libertad del niño vale más que la libertad de nosotros los camareros de hacer bien nuestro trabajo? Yo cuando era niña siempre me portaba bien.

En Estados Unidos, siempre avanzados en el tema del servicio, en cada restaurante tienen colorines y manteles para pintar. En muchos restaurantes tienen también un espacio para que los niños jueguen. En Barcelona son pocos los lugares que tienen estos detalles con los niños, muchas madres se quejan de lo hostiles que son los restaurantes para los niños. ¿Qué hacer? Bueno, siempre podrían tener el kit restaurante, para llevar con ellos cuando vayan por ahí a comer, los domingos, por ejemplo. ¿Qué debe llevar un kit-restaurante? Colorines, libros para pintar, juguetes que no hagan ruido (para no molestar a los otros comensales, porque claro, no seremos los únicos en el restaurante).

A mí los niños que están mirando el Ipad toda la comida me dan “yuyu”. Estamos haciendo que nuestros hijos se vuelvan máquinas, que se vuelvan dependientes del teléfono o de la tableta. Yo prefiero que mis hijos se distraigan coloreando, ya son pocos los niños que saben usar el lápiz. ¡Ah! pero qué bien saben pasar página en el móvil.

Barcelona es una ciudad hermosa en donde sobran los sitios donde los niños pueden jugar y correr. Y claro, antes o después, siempre se debe hacer una parada para recargar fuerzas. Nuestra sugerencia, pensar en los camareros.

Barcelona es una ciudad hermosa en donde sobran los sitios donde los niños pueden jugar y correr. Y claro, antes o después, siempre se debe hacer una parada para recargar fuerzas. Nuestra sugerencia, pensar en los camareros.

No hay lugar a dudas, la culpa no es de los niños, pobrecillos. La culpa es de los padres, que pasan de ellos y los dejan a merced de la buena voluntad de los camareros. Y, ¿sabes? “habemos” algunos que no tenemos ninguna buena voluntad. Una vez se me cayó un plato de sopa encima de un niño que corría por el pasillo. Los padres se disgustaron conmigo, porque no tuve cuidado. El niño armó un alboroto aún mayor que el que ya estaba haciendo antes de quemarse. Claro, no me dejaron propina. A mí, desde entonces, cuando me molestan al pasar les propino alguna patada disimulada, para que los padres no lo vean. Algunos lloran muy fuerte y yo me disculpo, haciendo como que fue sin querer. Algunos no dicen nada, sin duda saben que lo que están haciendo no está bien.

Aquí cinco lugares en Barcelona en donde ir con niños, en domingo o no:

Els Pollos de Llull.- Tienen un espacio especial para los pequeños.

Hotel Majestic.- El brunch de los domingos tiene un apartado para niños, con comida especial para ellos y sala de juegos. Así los padres pueden tomar champaña sin el marcaje personal de los hijos.

Il Drago.- Tiene un rincón infantil con libros y juegos.

Papas & de Mamas.- Una cafetería en el Poblenou pensada para familias con niños.

Bar del Convent.- Un claustro del s. XV en el Born que alberga un espacio pensado para ir en familia a comer o a tomar algo a media tarde.

EXTRA: En el blog Mamma Proof se habla sobre actividades con pequeños en la ciudad.

Los personajes en este relato no son reales, pero están basados en cualquier camarero o comensal un medio día de domingo en algún restaurante barcelonés. Ora sí que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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Ñam Ñam Barcelona, Restaurantes en Barcelona

El “Bota” no siempre bota

Uno pensaría que lo que se busca en un restaurante siempre es comida. Y no es así. La relación con la comida cambia según el perfil y con él también el resto de sus intereses. Siempre que alguien me pide que le recomiende algún sitio para comer o cenar hago varias preguntas, para ver qué tipo de restaurante puede encajarle mejor a esa persona. Algunos son de los que les gusta ser vistos. Otros priman el orden y buen diseño de un local. Los pocos, quieren comer como en casa. Los raros, comer bien. ¿De cuáles soy yo? Un poco de todo, a mí me gusta estar en constante búsqueda del sitio perfecto. ¿Perfecto? Para mí, claro.

Y es que en cuestiones de restaurantes y de comida, hay de todo para todos y no todos encajamos en todos lados. Hace poco uno de los críticos más importantes de Cataluña (Pau Arenós) decía en su TWT que él no es de Street Food. Bueno, yo sí. Creo que los mejores platos vienen de la calle, del día a día y, después, los buenos chefs “pipirisnais” los traducen y los emplatan en porcelana cara y los cobran a precios estratosféricos.

Yo soy muy de servicio, me gusta sentirme bien a donde vaya, no me fijo tanto en la envoltura (aunque también). Prefiero mil veces un local austero o incluso un poco hortera, pero donde me hagan sentir cómoda y me den de comer como a los dioses (La Trifula, en Poblesec, por ejemplo).

La Trifula, en el Poblesec, es una joya piamontesa escondida a los pies de Montjuic, a un costado de la plaça de las Navas. El chef Fabrizio Marenco tiene años cocinando por el amor a la cocina, son pocos los cocineros que aún se mueven por el corazón. Hacen su propio pan, su propia pasta y tienen unos embutidos D.O. de impacto.

La Trifula, en el Poblesec, es una joya piamontesa escondida a los pies de Montjuic, a un costado de la plaça de las Navas. El chef Fabrizio Marenco tiene años cocinando por el amor a la cocina, son pocos los cocineros que aún se mueven por el corazón. Hacen su propio pan, su propia pasta y tienen unos embutidos D.O. de impacto.

Todo esto se los cuento porque para Reyes fuimos a cenar a uno de los catalogados como de los mejores restaurantes de Barcelona, el Botafumeiro, en Gran de Gràcia. Un restaurante gallego de “los de antes”, con camareros de pajarita, madera por todos los lados y las fotos de sus visitantes “ilustres” en la pared (hablando de horteradas…). ¿Y? No fue lo que esperábamos.

Se entiende que después de fiestas los camareros anden desmotivados, cansados y arrastrando los pies. Sin embargo, corresponde al maitre y al director de un restaurante como éste inyectarles energía para que terminen con decoro los últimos de sus compromisos navideños. Porque los clientes que van un 5 de enero se merecen tan buen servicio como los del día 20 de diciembre (habría que ver si ellos tampoco lo tuvieron).

Ese es el problema de poner las expectativas tan altas, que la vara con la que se medirá el servicio, la comida, la decoración, será muy alta. Y, para mi gusto, el “Bota” reprobó, sobre todo en la primera. Al final, la gente está pagando un precio promedio de 90-100 euros por persona, que no estamos hablando de cualquier cosa.

Cuando llegamos, poco antes de las ocho de la tarde, no nos quisieron sentar en ninguna de las mesas de la barra, porque estaban reservadas. Desde que llegamos, hasta las 10 que nos fuimos, todos los que se sentaron en la barra venían sin reserva, pero como eran clientes asiduos, les hicieron un lugar. Al salir, había incluso sillas vacías, que no se habían ocupado. Es trabajo de la hostess y el maitre poder satisfacer las necesidades de todos y cada uno de los clientes, sin importar si son de siempre o si son nuevos. Bueno, esa es, por lo menos, mi filosofía. Que alguien que va por primera vez podría volverse un cliente nuevo o puede tratarse de una ocasión especial, que han esperado mucho tiempo para poder darse el lujo de cenar ahí y les supone un esfuerzo pagar. Lo anterior no debe, para nada, hacer que el servicio decaiga, al contrario.

El camarero que nos atendió lo hizo siempre con prisa, olvidándose de las cosas y sin poner atención. Seguimos esperando el pan que pedimos para acompañar los quesos que pedimos de postre. Al pagar, la chica que se acercó, que nos había negado la mesa de la barra en un principio, nos ignoró prácticamente, haciéndolo todo en automático. Insisto, no es un Mc Donald’s del que estamos hablando.

¿Por qué les hablo de que cada quien busca algo distinto a donde va? Porque quizás para nosotros la experiencia en el “Bota” no fue la esperada, pero eso no quita que para otros siga siendo el mejor restaurante de Barcelona. Para nosotros, hay otros muchos sitios donde disfrutamos mucho más, pero eso no significa que a todos les guste lo mismo que a nosotros. ¿Cómo se puede entonces recomendar un sitio? Si te gustan los restaurantes como antes, el marisco fresco bien cocinado, ver y ser visto, y que te traten como te ven, entonces el Botafumeiro es para ti.

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Cocina mexicana, El taco

Las opciones

Siempre he criticado a esos restaurantes chinos o japoneses que te llevan la comida cruda a la mesa y te ponen un pote caliente y te piden que tú te prepares lo que quieres comer. De un tiempo para acá no me parece tan descabellada la idea. A decir verdad, en muchos puestos de comida callejera mexicana sucede un fenómeno similar.

La taquería, puesto, garnachera, en cuestión, ofrece a los comensales un producto básico, los tacos, las flautas, la carne, la tortilla y le suma ingredientes, esos sí que varían, los cuales el cliente agrega a discresión: las salsas, extra de tortillas, queso, tocino, la hierba, las papitas pequeñas, cebollitas asadas, etc. Es decir, que, como ya lo he dicho antes, cada uno se vuelve el cocinero de su propio taco. En resumen, como en los restaurantes japoneses, los mexicanos diseñamos nuestra propia comida, cada vez, en cada mesa, plato o barandal mal colgado en el que nos dispongamos a comer. Y no hay taco igual a otro, ni en la misma mesa ni siquiera en el mismo plato.

Las salsas del Tizoncito lo hicieron el mejor y más reconocido de los sitios en donde nació el taco al pastor. Ahora, a pesar del paso del tiempo, siguen siendo uno de los número uno. A pesar de que no haya taco igual a otro, muchos prefieren crear sus propios tacos con los ingredientes base que ellos ofrece: su salsita roja, su salsita verde, sus frijolitos picantes, etc.

Las salsas del Tizoncito lo hicieron el mejor y más reconocido de los sitios en donde nació el taco al pastor. Ahora, a pesar del paso del tiempo, siguen siendo uno de los número uno. A pesar de que no haya taco igual a otro, muchos prefieren crear sus propios tacos con los ingredientes base que ellos ofrecen: su salsita roja, su salsita verde, sus frijolitos picantes, etc.

Para los europeos, las opciones los abruman. Ora sí que a quién le dan pan que llore. Conque tengan pan, se las apañan. Los hay muy imaginativos, que lo destrozan a pedacitos, lo agregan a la sopa poco a poquito. Los hay que limpian el plato con cada una de sus dos mitades. Los hay que prefieren ahorrarse las opciones, como quien pide un taco solo carne y no le agrega nada, ni limón, ni nada (son los pocos).

¿Qué nos da una vida llena de opciones? Nos enseña a tomar decisiones, a correr riesgos, a no tener miedo al ridículo (¿Catsup – ketchup- al arroz, ¿en serio?). Y esa vida llena de opciones, que pocos se pueden permitir, nos empuja a una vida de posibilidades. Por eso hay mexicanos por todo el mundo. No somos de los que tienen miedo. Sí, los hay que deciden quedarse en el mismo barrio. Pero hay mucho menos gringos fuera del Gabacho y esos weyes son muchos más que nosotros. Muchos de los que se van terminan en México… Y es que, aunque los estereotipos están ahí y sea fácil utilizarlos; los clichés también, aunque dé miedo utilizarlos. Hay de todo en todos lados.

Hay días en los que dan ganas de no mover un dedo ni tomar ninguna puñetera decisión. Hay otros en los que la sola señal de un asomo de voluntad ajena crispan los nervios y hacen que más de un vello se mueva milimétricamente en sentido opuesto al deseado.

¡Qué grandes son las opciones!

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Ñam Ñam Barcelona, Dónde nacimos

Desde dónde y desde cuándo

Hace ya unos años que las profesiones no pueden describirse con una sola palabra. Publicista, cocinero, consultor, periodista o incluso médico se quedan cortas para describir todo lo que hacemos y en lo que nos hemos especializado (convertido). Son los tiempos que corren, dicen. A mí todavía me cuesta definirme. Soy periodista. Sí, hago entrevistas, manejo mis fuentes (nuevas tecnologías, gastronomía), puedo escribir un artículo sobre un tema del que nunca he oído antes en un santiamén. Sé priorizar la información y realizar reportajes. Puedo usar una cámara, de vídeo y de fotos, editar, hacer podcasts y vídeos. Casi nada.

Por gusto, y circunstancias laborales adversas, sé manejar las redes sociales, crear una marca en línea y dar seguimiento a la reputación online de una empresa o persona. Supongo que es parte de mi vena periodística. Sé dónde buscar y sé conseguir información. Me gusta. Creo que las redes sociales están marcando el paso en el cambio actual, me gusta formar parte de ello, y hablar de ello. He impartido tres seminarios sobre Twitter para periodistas para el Máster de Periodismo BCNY de la Universidad de Barcelona y la Universidad de Columbia.

Y no, no vivo de eso, no me alcanza. Soy una maitre en ciernes. Me gusta mucho la hostelería, soy una perfeccionista y una apasionada del sector. Creo que no hay mejor halago que recibir a gente en casa, lo pase bien y decida volver, e incluso paguen por ello. Amo cocinar, sé el trabajo que hay detrás de un plato en cualquier mesa. Adoro comer bien. Me saca de quicio el mal servicio, el dar las cosas por sentado y que un cliente se vaya insatisfecho por algo que mi equipo pudo hacer mejor.

Creo además que, como me dijo un colega, a los camareros nos deberían de dar una maestría en sociología. Nuestro comportamiento en una mesa dice mucho de nosotros. Me apasiona descubrir los entrecijos de la raza humana a través de cómo satisfacen una de sus necesidades más básicas. Para los observadores, ser camarero puede servir para perder la fe en la humanidad o para recuperarla, según el cristal con que se mire, solo falta enfocar bien. A mí me relaja mucho jugar el juego de adivinar qué tipo de cliente tengo enfrente e imaginar el tipo de atención que necesita. Y dársela. Y acertar. Lo disfruto. Incluso lo echo de menos y lo necesito cuando no lo hago.

Llevo más años trabajando en la hostelería que en el periodismo. ¿Qué me gusta más? Los dos, mejor aún si van juntos. Soy periodista gastronómica. La cocina la aprendí de mi madre. No sé si un pescado está pasado o si una salsa está aguada. Sé si sabe bueno o no. Me gusta disfrutar cuando como y eso pocas veces depende solo de la comida. No descanso nunca, soy muy observadora. Ir a comer fuera para mí es un placer, pero es también un no parar, por eso también me gusta quedarme en casa y cocinar para mis amigos. Soy una esponja que aprende lo bueno y descarta lo malo. No hace falta ser un experto en gastronomía para saber cuándo una experiencia gastronómica fue satisfactoria y cuándo no. Insisto, va mucho más allá de la comida.

Cocinando

Una de las cocinas más agradables en donde me ha tocado cocinar, en la comunidad de Ixtapaluca, Estado de México, para voluntarios de Techo México.

Tengo el privilegio de ser mexicana. A mí nadie me ha contado la experiencia de comer tacos afuera del metro, de probar tlayudas en el mercado o de cocinar junto a las mayoras oaxaqueñas. Me crié por cuatro mujeres espectaculares, tres de ellas de Oaxaca (Mine, Viole y Margot). La cuarta, mi mamá, es una apasionada de la cocina, de hacer fiestas en casa y de comer bien. No hay escuela que pueda enseñar eso.

He trabajado en España como consultora de México en dos ocasiones, una para una empresa noruega, Schibsted (Infojobs, Segundamano), la otra para grupo Sagardi, con motivo de la apertura de su restaurante Oaxaca en Barcelona. Me gusta descifrar a mi país y su cultura al intentar explicarlo. Lo vengo haciendo desde hace tiempo, he trabajo cinco años en diferentes restaurantes mexicanos en Madrid y Barcelona. Me alegra saber que los burritos y los nachos tienen las horas contadas. El mundo no sabe de todo lo que se ha perdido.

Amo la historia y amo México, pues me han hecho quien soy. Sin embargo, creo que el lugar perfecto para vivir es ese en el que decidimos vivir. Sea el que sea. Tengo mucho que contar y no tengo miedo de decir lo que pienso. Creo que mi viaje apenas está empezando, que aún me falta mucho por probar y por escribir. Soy una optimista (quizás un tanto hedonista) pero estamos aquí para disfrutar, ya sea comiendo en El Celler de Can Roca o engullendo un taco de chorizo con nopales en una comunidad paupérrima del Distrito Federal. La vida me ha dado mucho, trabajo cada día por dárselo de vuelta.

A veces me atormenta pensar que el mundo de la gastronomía es muy elitista y no todos pueden acceder a él. Falso. Todos necesitamos comer. La cocina nace de una necesidad básica. Los mejores platos se hicieron con lo que había en la nevera, en la cueva o en la barca. Una buena comida depende muy poco de que esté hecha con ingredientes premium. Mis comidas más memorables tuvieron mucho de insalubres, mucho de amor y pagué por ellas con la misma moneda. Amor por amor. Escribo de comida, eso no significa que reseño estrellas Michelin. Lo más estrellado que he reseñado fueron los huevos rancheros que me desayuné esta mañana.

Escribir sobre comida es escribir sobre las personas, las que la crearon y las que se la comieron.

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Un dos tres, probando, probando

La curiosidad por la comida nació de la necesidad. Digamos que la necesidad, para mí, fue un primer escalón hacia la apertura gustativa. Ya hemos hablado de la pérdida de tiempo que me parecía sentarme a la mesa. Se trataba de una necesidad que podía (y debía) tramitarse rápido y perdiendo la menor cantidad posible de tiempo, para poder volver cuanto antes a otras actividades que merecían mucho más la pena: jugar quemados, dibujar, bailar Baltimora por toda la sala.

Hay invitaciones que no se deben nunca de rechazar. Pasar la Navidad en casa de una familia vasca es una de las mejores experiencias que uno puede vivir: gastronómica y humana. Este, el cierre de mi segunda Navidad en Irun. Alfredo Oronoz es uno de los mejores cocineros que conozco. Eskerrik asko!

Hay invitaciones que no se deben nunca de rechazar. Pasar la Navidad en casa de una familia vasca es una de las mejores experiencias que uno puede vivir: gastronómica y humana. Este, el cierre de mi segunda Navidad en Irun. Alfredo Oronoz es uno de los mejores cocineros que conozco. Eskerrik asko!

Esa misma necesidad de recargar energías que me sujetaba a la mesa cuando niña (en muchos casos representada sobre todo en la mirada inquisidora de mi padre), me hizo buscar asilo en casas de amigos de amigos en mi primer viaje a Europa. Cuando se llevan varios días comiendo hamburguesas de un euro y bocadillos de aire, cualquier persona con tres dedos de frente agradece un buen plato caliente. Y por más que fuera solo un trámite, no dije nunca que no a invitaciones a casas o restaurantes. Pero claro, la caridad tiene un precio. Y ese precio se paga. En el lenguaje de los hambrientos y los proveedores de víveres, ese precio se traduce básicamente en comerse todo lo que te pongan en el plato. Yo te alimento, peeeeeerooooo, tienes que dejar la vajilla impoluta.

El hambre es canija y puede hacer que hasta el más remilgoso pruebe algo que siempre ha rechazado. El que invita, seguramente movido por la necesidad de que el turista (el hambriento) se lleve una buena impresión de su casa, ciudad o país, hará maravillas. Maravillas que la mayoría de las veces, en cualquier otra circunstancia, el hambriento habría rechazado sin chistar. No esta vez. Pato, ostras, bacalao, callos, erizos de mar, jabalí, corazón de ternera, rabo de toro, canguro, cocodrilo e incluso grillos (saltamontes), lo que haga falta para saciar el hambre.

Y mientras más pruebas, más crece la curiosidad. Y más te pide el paladar. Navajas, berberechos, codillo, anguila. ¡Ñam ñam! ¿Algún truco? Dejarse llevar, cerrar los ojos, quitarse las ideas preconcebidas de la cabeza y lanzarse al ruedo como gorda en tobogán. ¡Saborear!

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De la cocina a la hoja

Alguien que se jacte de escribir sobre cocina debe tener, sobre todo, aunque sin que sea algo exclusivo, curiosidad. El que siempre pide patatas con pollo a la plancha o quien está continuamente en un régimen estricto que le impide probar cosas nuevas, tendrá que verse excluido de la posibilidad de escribir sobre gastronomía. Sorry, next time!

A menos, claro, que a alguno de ustedes les interese leer textos incontables acerca de la manera correcta en que las papas se deben lavar, pelar, cortar, freír, servir, salar… Luego, claro, cabría también la posibilidad de leer sobre lo tierna que debe ser una pechuga (de pollo…), los tipos de ave, colores, sabores, que si al carbón, que si a la plancha o cocida, que si la alimentación del pollo y sus respectivos etcéteras. Es decir, leer sobre toda esa infinidad que un único plato nos permita alcanzar.

Sí, el pollo de las mesas barcelonesas es la burrata. No hay carta en donde no la encontremos. El reto es servir una burrata que no solo sea buena, sino que sea original. ¿Difícil? Lolita Tapería lo logra.

Sí, el pollo de las mesas barcelonesas es la burrata. No hay carta en donde no la encontremos. El reto es servir una burrata que no solo sea buena, sino que sea original. ¿Difícil? Lolita Tapería lo logra.

¿Aburrido? Quizás no, puede ser que la persona, a pesar de lo poco imaginativa a nivel gustativo, sea una eminencia con la pluma, tenga un humor que sorprenda y nos saque incluso algunas carcajadas hablando de alitas de pollo (tendría que ser sobre alitas, siempre dan un juego especial a la hora de narrar sobre ellas…). Sin embargo, hay que ser honestos, la riqueza del lenguaje, se enriquecerá también con la riqueza de los ingredientes, platos, técnicas, historias detrás, y demás. Crecerá la prosa gracias a esa alegre variedad que acompaña, por defecto (o no), a la curiosidad.

Con los años, la curiosidad se retroalimenta y exige nuevos y mejores sabores, nuevas sensaciones que le ganen a la anterior. Nuevas historias que contar para ampliar el repertorio. Si siempre decidimos qué comeremos al mirar la carta de un restaurante, siempre terminaremos pidiendo lo mismo, lo conocido, el terreno dominado. No está mal ser catador de clásicos: hamburguesas, arroces con leche, ensaladillas rusas, pero por qué limitarse cuando hay tanta diversidad y tantísimo de lo que escribir allá afuera.

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