El Club de Tobi

Ana Luisa Islas

Cuando era adolescente había fiestas a las que mi hermano definitivamente no me invitaba. Va puro güey, decía. Y se excusaba así incluso también de explicar a dónde iba y qué harían él y sus amigos esa noche. También ante mis padres. No valía hacer preguntas, era una tumba. Así siento que siguen siendo muchos ámbitos, no solo de la gastronomía, sino de la sociedad. No preguntes, no entenderías, me dijo alguna vez mi otro hermano, cuando pregunté sobre fútbol. O, como alguna vez me dijo mi padre, son cosas de hombres, no entenderías, refiriéndose a invitar a gente a mi fiesta, solo para hacer negocios. Negocios en una fiesta. Cosas de hombres. Sí entiendo, le dije, pero mi fiesta es una fiesta, no es para hacer negocios. No quiero eso en mi fiesta, ni en mi vida. Y, heme aquí, en medio de la vorágine gastronómica, jugando a «cosas de hombres». O no. Entiendo todo, pero no quiero participar. No bajo esas reglas. 

Empecé este texto en Berta, uno de los sitios hip de la siempre cambiante y moderna Ciudad de México, que alberga todos los males, pero también todos sus remedios. La ciudad, quiero decir. ¡Qué bonita es! ¡Y qué fea! Decía, estoy en Berta. Encuentro en su lista de vinos un vino naranja, Floria Wines, hecho en Querétaro por una enóloga mendozina que vive en México. El vino, anuncian en una web en donde lo venden, está hecho por los creadores del Hanky Panky, «el bar número uno del mundo, por la prestigiosa revista 50 Best». Prestigiosa, claro, por nombrar a su bar el mejor del mundo. Hombres haciendo negocios. No lo entenderías, diría mi padre. Lame botas, diría él mismo. ¿Pero a quién le lamen las botas? ¿Quién a quién, pues? Ellos entre ellos. No lo entenderías. Cosas de hombres. 

Pienso en el cartel de Madrid Fusión del año que termina. «Revolucionarios», prometía su cartel plagado de más de lo mismo. ¿Re? ¿Evolución? Involución, más bien. Cosas de hombres, dirían los chefs asistentes y las pocas, poquísimas mujeres que asistieron para llenar una cuota. No lo entenderías, agregarían como coletilla. Alguna latinoamericana por aquí, algún hombre «de color», por allá. Poco más. Homenaje a Ferran Adrià, again. Los hermanos aquellos que votaron a sus socios con la pandemia, como quien deshecha a un amigo porque no te prestó dinero, no te dio chamba o no te invitó a una boda. Como quien ya no te invita a un partido de fut porque «son cosas de hombres» y, además, tú, siempre das mala suerte. 

Vamos todos en el mismo barco hasta que ya no vamos. Vamos todos remando hacia el mismo sitio, hasta que ya no me sirves. Son cosas de hombres, no lo entenderías. 

La pequeña Lulú era una historieta que yo leía cuando niña en El Excélsior. Lulú era una niña como yo, creció en un mundo en el que a veces no se le invitaba, ni a las fiestas, ni a los congresos, ni a los premios, ni a la vida. Son cosas de hombres, no lo entenderías, imagino que le diría Tobi, un compañero de escuela de Lulú, que la peluseaba cuando le daba la gana y que solo la invitaba para llenar las cuotas. En la prepa mis amigas y yo nombramos a nuestros amigos «Los Tobis», porque había muchos días en que no estábamos invitadas. El Club de Tobi de La pequeña Lulú también era exclusivo de hombres. 

Los Tobis, nuestros amigos de la preparatoria, se siguen llevando y se siguen yendo una vez al año de viaje ellos solos, sin esposas ni infancias. Nosotras hacemos nuestros propios encuentros. Supongo que si quisieran venir a ver a Bridget Jones quedarse viuda y entender un poquito más de lo que les pasa a las viudas, también podrían venir. Son cosas de mujeres, dirían ellos mismos, excluyéndose ellos solos de lo que nos mueve a más de la mitad de la población. 

No sé de qué hablan los Tobis en sus chats grupales, nos salimos varixs cuando insistieron en seguir enviando chistes machistas y memes «de hombres, que no entendíamos». No tengo ganas de averiguarlo, como tampoco me dan ganas de asistir a los congresos de cocina que no incluyen a la diversidad en sus «diálogos». Cosas de hombres. Cosas de blancos. No entenderías. Ni quiero entender, gracias. Las «Lulús» tenemos otras cosas en qué ocuparnos. No nos las guardamos para nosotras. Todes están invitados a participar en ellas, a preguntar, a entender, a escuchar, a compartir, a abrazar, a mirarnos, a desquelitar, a compostar, a fermentar, a cocinar, a sembrar y a construir una verdadera re-evolución. 

Si vinieran, quizás podrían entonces escuchar lo que opinamos respecto a que los patrocinen bancos que están financiando el genocidio en Gaza u hoteles que están destruyendo los manglares del Caribe, por decir tan solo dos ejemplos obvios respecto a cocineros y congresos gastronómicos mexicanos, españoles y latinoamericanos. No sé si entenderían, no son cosas solo de mujeres, sino de todxs lxs demás, mujeres, disidencias, neurodivergencias, colectivos, personas racializadas, animales varios y el resto del planeta que no formamos parte del mentado Club de Tobi. 

Nuestros reconocimientos no son prestigiosos ni están patrocinados por las marcas o los bancos pero tienen como cometido que los humanos no nos extingamos y que podamos seguir viviendo en este planeta por muchos años más. Poca cosa. No hacemos esferificaciones ni bunkers en la Luna, guardamos semillas, comemos quelites, nos sentamos en círculo, sembramos milpa, hacemos nixtamal, tinturas, fermentos y menjurjes. No apuntamos a las «estrellas» sino al micelio. Si nos invitaran a sus congresos lo sabrían, quizás, incluso, lo entenderían. Sí, lo nuestro sí son cosas de hombres. Y de mujeres, de todxs, vaya. 

Algunas veces sentí que mi hermano nos invitaba a mi hermana y a mí a sus fiestas para que limpiáramos o para que ella condujera de vuelta a casa. «Toca compartir lo que con tanto recelo hemos guardado por años», me dijo hace un par de años Lupita Hernández Dimas, del pueblo de Santa Fe de la Laguna, una de las líderes de la mujeres purépechas que viven alrededor del lago de Pátzcuaro. Este 2026, pido que el Club de Tobi se disponga a escuchar. Sin miedo. ¡Ya toca! Pónganse las duracel, muchachos. Lo quiero para antier.

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El Colectivo Punto de Lengua está conformado por un grupo de escritores de diversos orígenes que orbitan alrededor de Barcelona. Nos conocimos gracias a Ana Luisa Islas, en un taller de escritura en La Central del Raval en marzo de 2025. Desde entonces, nos juntamos para escribir (y hablar) sobre gastronomía.

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