Ñam Ñam Barcelona, Dónde nacimos

De la cocina a la hoja

Alguien que se jacte de escribir sobre cocina debe tener, sobre todo, aunque sin que sea algo exclusivo, curiosidad. El que siempre pide patatas con pollo a la plancha o quien está continuamente en un régimen estricto que le impide probar cosas nuevas, tendrá que verse excluido de la posibilidad de escribir sobre gastronomía. Sorry, next time!

A menos, claro, que a alguno de ustedes les interese leer textos incontables acerca de la manera correcta en que las papas se deben lavar, pelar, cortar, freír, servir, salar… Luego, claro, cabría también la posibilidad de leer sobre lo tierna que debe ser una pechuga (de pollo…), los tipos de ave, colores, sabores, que si al carbón, que si a la plancha o cocida, que si la alimentación del pollo y sus respectivos etcéteras. Es decir, leer sobre toda esa infinidad que un único plato nos permita alcanzar.

Sí, el pollo de las mesas barcelonesas es la burrata. No hay carta en donde no la encontremos. El reto es servir una burrata que no solo sea buena, sino que sea original. ¿Difícil? Lolita Tapería lo logra.

Sí, el pollo de las mesas barcelonesas es la burrata. No hay carta en donde no la encontremos. El reto es servir una burrata que no solo sea buena, sino que sea original. ¿Difícil? Lolita Tapería lo logra.

¿Aburrido? Quizás no, puede ser que la persona, a pesar de lo poco imaginativa a nivel gustativo, sea una eminencia con la pluma, tenga un humor que sorprenda y nos saque incluso algunas carcajadas hablando de alitas de pollo (tendría que ser sobre alitas, siempre dan un juego especial a la hora de narrar sobre ellas…). Sin embargo, hay que ser honestos, la riqueza del lenguaje, se enriquecerá también con la riqueza de los ingredientes, platos, técnicas, historias detrás, y demás. Crecerá la prosa gracias a esa alegre variedad que acompaña, por defecto (o no), a la curiosidad.

Con los años, la curiosidad se retroalimenta y exige nuevos y mejores sabores, nuevas sensaciones que le ganen a la anterior. Nuevas historias que contar para ampliar el repertorio. Si siempre decidimos qué comeremos al mirar la carta de un restaurante, siempre terminaremos pidiendo lo mismo, lo conocido, el terreno dominado. No está mal ser catador de clásicos: hamburguesas, arroces con leche, ensaladillas rusas, pero por qué limitarse cuando hay tanta diversidad y tantísimo de lo que escribir allá afuera.

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Introducción a la cocina

¿Por qué comida? No lo sé, cuando era niña no me gustaba sentarme a la mesa. Me parecía una pérdida de tiempo. Sentía que gastábamos en la mesa tiempo valioso que podríamos estar gastando en otras cosas más importantes. Curioso porque a veces pienso, ¿qué era lo que me parecía más importante en aquel momento? Cantar, bailar, leer, no estar en la mesa. Podía quedarme horas en la mesa, sin comer, pero siempre encontraba alguna excusa para levantarme. No me gustaba comer. Odiaba casi todos los platos. Hubo un tiempo, incluso, en que me dio porque no me gustara el arroz.

Blue Pizza

El placer de sentarse ahora a la mesa es, por demás, infinito. Depende la mesa, claro. Ésta, es una de esas: Blue Pizza, Barcelona.

Y sin embargo, siempre me gustó cocinar. Desde pequeño uno empieza con algunos platos sencillos. Huevos revueltos con jamón: fácil. Sándwiches: fácil; para ir cada vez explorando nuevos horizontes. Pasta, primero planeada, luego “con lo que haya”. Los primeros retos. Hay que armar algo decente con lo que se encuentra uno en el refrigerador. Habrá días de suerte, que lo que hay está ahí justamente para que armes ese plato que ya te sabes de memoria. Habría días de mala suerte: una lata de atún y una guindilla. Beat that!

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